lunes, 16 de noviembre de 2015

MARIPOSAS...







¿Hasta cuando? ¿Hasta cuando aguardarán mis mariposas? ...
No lo sé, quizá deban aguardar a que se sequen mis lacrimales
y la última lágrima sea absorbida por la arena
del desierto por el que camino.

Esa manera heroica de crecer no es buscada, sólo aceptada y sentida fecunda, pero no deseada.
Pero el camino lo exige. Y es mi única responsabilidad.

Sueño con compartir la vereda, pero pocas son las almas solitarias que me cruzo.
Y sueño con los amores compartidos y los dolores compartidos, y los sueños compartidos.

Pero no me es dado exigir mis sueños,
ni quiero tampoco arrancarme el corazón y echarlo,
lo quiero echar en los cuencos ansiosos de mis hermanos solitarios,
en los corazones que esperan el agua negada de los mayos.

Pero somos pocos... somos muy pocos...

Somos pocos los que aceptamos el desierto y las largas y solitarias caminatas...
Buscando... buscando... buscando nuestra Dulcinea.
Y sin Sancho, y sin bálsamo de Fierabrás para curar nuestras heridas...

No falta menos. Falta lo mismo.
Estamos detenidos en el instante permanente,
esperando encontrarnos la escala de Jacob
y prestos a la lucha cuerpo a cuerpo con su ángel guardián.

Pero estoy preparado. El dolor no me asusta, y la soledad es mi permanente compañera.
Quizá sea un estúpido, pero solo espero un día merecerme
volcar de un golpe mis semillas,
mis lluvias y mi trabajo sobre una tierra fértil que quiera cosechas y labrador.

No es mi cuestión decidir el momento.
Mi deber solo es estar preparado.



jueves, 5 de noviembre de 2015

DE PESCA





Hace unos días fui de pesca. Hacia ya tiempo que deseaba hacerlo…

Habían pasado tantos años que no lo hacía… ya por un motivo, ya por otro… Busqué mis cañas, mis aparejos, los carretes, los plomos, los anzuelos y todo lo demás. Fui a comprar “carná”, como se llama aquí, cebos, que dirían en otras partes. Encontré gusanas de canutillo, y muy caras, por cierto. El marisqueo, de siempre ha sido sacrificado, laborioso y de resultados inciertos, y ahora se cobra el trabajo, a su precio.

Me eché la mochila al hombro, las cañas bajo el brazo, y me encaminé a La Alameda, esperando que nadie, por el camino, me gritara: “¡buena mano!”. Aquí ese inocente deseo de buena pesca es inevitablemente un gafe para el pescador. Afortunadamente nadie me lo dijo.

Ya en La Alameda, balcón sobre el mar, dejé mis cosas en un rincón de la balaustrada, preparé la caña y su aparejo, coloqué una gusana en el anzuelo (pobre gusana… estaba aún viva, como debe ser), por lo que pedí perdón a los dioses protectores de las gusanas, lancé con fuerza el plomo con el aparejo, tensé lo necesario la tanza (sedal), y coloqué con delicadeza la caña sobre la balaustrada. Me prometí: -he sacrificado una gusana, pero todo pez que pesque, si no es más grande que la palma de mi mano, lo liberaré con cuidado del anzuelo y lo arrojaré nuevamente al mar y a la vida-

Llegó, como sin darme cuenta, el mediodía. Solo había pescado dos peces minúsculos, que devolví al mar, y, una vez que mi caña se zarandeó vigorosamente, y pensé haber atrapado al hermano mayor de los anteriores, solo se trató del choque con mi tanza de una gaviota atolondrada. De recuerdo, y no sé si de cachondeo, me dejó una pluma colgada del sedal.

¡Bien, gaviota chula, ya sé que pescas mejor que yo, pero no tenías porqué refregármelo en la cara! – le grité- aunque me parece que no se dio por aludida, a pesar de unos graznidos que dio y que me lo hizo parecer.

Con el calorcito empezaron a desfilar forasteros, veraneantes, por delante de mí y de mi caña. Sabéis que los veraneantes son muy curiosos, o quizá sea un deber para ellos enterarse de qué se hace en cada sitio que visitan. Así, cada uno que pasaba se detenía junto a mí. Luego de mirar un rato qué hacía, me preguntaban:

- Perdone, pero esos peces que se ven abajo, tan grandes y en tanta cantidad ¿qué son?-
-Lisas, le contestaba.
-¿Y está usted tratando de pescarlos?, porque veo que lanza usted el plomo muy lejos, y ellos están mucho más cerca.
-No, no, no me interesan esos peces. Su carne es basta y poco apreciada, aunque mucha gente las pesca y se las come. Ya ve usted como está la cosa…
-¡Ah! Gracias, buena pesca.
¡Lo dijo! ¡Lo dijo! ¡Lo sabía! Pero quizá el gafe es solo si te lo dice un gaditano…
El siguiente:
-¿Y que pone usted de cebo?
- Gusanas de canutillo, dije yo.
-¿De canutillo?
-Sí, mire, ¿lo ve? Viven dentro de esta especie de canuto que ellos se fabrican no se porqué, seguramente para estar mejor protegidos dentro del fango…
-¡Es verdad! ¡Qué astutos! ¡Parece mentira, unos simples gusanos, y tan listos!
-Descarté, por supuesto, explicarle la ley de la evolución de las especies y de cómo los mejor preparados para la dura vida son los que sobreviven. Simplemente, le dije:
-Fíjese, con lo tontos que somos los seres humanos…
Y por fin otro más, este ya mayor.
-¿Qué, de pesca no?, como si no estuviera claro.
-Pues sí, echando el rato…
-Es una buena afición, porque ya jubilado uno tiene muchas horas que echar fuera…
Me contuve, con mucha dificultad. Esto era ya demasiado. ¡Echar horas fuera! ¡Como si yo tuviera el problema de echar horas fuera! ¡Resulta que es al revés! ¡Que necesito más horas! ¡Si este hombre supiera los equilibrios que hice para echar un par de horas pescando!
Además, ¡yo jubilado! ¡pero si soy un chaval! ¡jubilado estaría él, así que si quiere echar horas fuera, que las eche, allá él! Que se ponga a hacer pasatiempos, sudokus y cosas así, o que se vaya a pasear kilómetros, o que se duerma ante la tele, o que bostece, o que haga lo que quiera. Me prometí que el día que tenga que echar horas fuera, las echaré todas de golpe. Me tomaré la cicuta y a otra cosa.

De vuelta a casa, me fui pensando que tales personas no merecen mi ira, sino mi compasión. Una persona que tiene el problema de quitarse horas de en medio creo que empieza a ser una persona que piensa que no tiene ya nada que hacer con su vida.

¡Con la de cosas que nos quedan por hacer! ¡Y a cualquier edad!


sábado, 24 de octubre de 2015

OTOÑO



Los ciclos de la Naturaleza transcurren uno tras otro. Su vida es así. Sigue sus leyes, las grandes leyes del Universo. Al igual que la Tierra y el Cielo, al igual que los planetas, los soles, las galaxias… y el Hombre. ¿Cómo podría no ser así?

Vivimos un día la explosión de la Primavera. A su llamada nacieron, tras el Invierno, las yerbas y plantas, y se calentó la tierra con su calor, despertaron los animales del letargo, las frías nieves hicieron nacer los arroyos. Todos se dispusieron a la fiesta, todos, como por arte de magia, dispuestos a mostrar la grandeza del Sol, padre de todos.

Crecieron y maduraron, hasta el Estío, hasta su plenitud. Las espigas hicieron sus granos, los árboles sus frutos, de los capullos surgieron las mariposas, y de los infinitos huevos de la primavera los infinitos seres que pueblan la Tierra. Con nueva fuerza, con nuevo entusiasmo, con nuevos fines renovados. Por la magia de la alegre Naturaleza.

Las semillas del anterior otoño despertaron en el seno de la tierra, y pacientemente, durante meses, vivieron un largo proceso de germinación, de transmutación. Cada semilla fecunda, padre y madre, hizo nacer dentro de sí un nuevo ser, alimentándose de sí misma. Se puso en contacto con la tierra y el agua y abrió pequeñas raíces hacia fuera de sí misma, en busca de la vida. Poco a poco, habiendo cumplido su misión, murió, pero su muerte fue solo aparente. Solo se había transmutado en un nuevo ser, que buscaría, ya fuerte, su propio sol.

Hoy es otoño, y es preciso comenzar la tarea de este ciclo. Ahora la vida será oculta a nuestros ojos. Gloriosa y generosa antes, ahora oculta y mágica, en las entrañas de la tierra, debe prepararse para la futura primavera, en un trabajo interno y misterioso.

Atravesará el otoño en su trabajo, y también el invierno, descanso de la Naturaleza antes de un renacimiento con más brío.

De la misma manera, por la misma Ley, llega el otoño a nuestro ser interior. Los días de expansión y gozo, de flores y frutos han dejado en nosotros sus semillas. Ahora es el momento de sembrarlas, con cariño, con esperanza, con alegría, porque sabemos que no las enterramos para que mueran, sino para que nazcan otra vez, y mejores. Y deberemos cuidarlas con cariño, porque son nuestro futuro. Regarlas, cuidar de los bichos y del frío, velar por ellas todos los días. Echarán raíces en nuestra tierra interior, en nuestro jardín, y nuestro entusiasmo, alegría y voluntad serán el agua que las alimentarán,

El calor de nuestra energía y de nuestro amor las harán crecer, y nuestro invierno las fortalecerán. Y cuando les llegue el momento, en los días en que Perséfone vuelve a la luz, ya estarán listas para formar parte de la gran sinfonía, en el gran Te Deum de la nueva Naturaleza.

No son simplemente semillas, son, y serán también, los habitantes futuros de nuestro paraíso interior.

Amigos sembradores, sembremos con alegría y esperanza. Nuestra tierra lo espera.




jueves, 8 de octubre de 2015

LA GRASIA DE CAI





     Hablaba con un viejo amigo, casado felizmente con una mujer japonesa, matrimonio de muchos años, cosa por cierto hoy poco corriente, sobre lo difícil y complicado que puede resultar para un gaditano entenderse con una persona nacida en oriente, como es su caso.
   
       Yo le decía que ya es difícil entenderse con un español del norte, como pudiera ser un catalán, un vasco o un gallego. Y, apurando más aún con un andaluz de cualquier otra provincia, granaíno, por poner un caso. Así que con una japonesa…
   
       No lo digo, por supuesto, en el terreno del lenguaje, que todos sabemos es difícil también, o en las costumbres, o en la cultura. Y si no lo cree así, pruebe un gaditano a explicarle a alguien que no lo sea en qué consiste que algo esté “cambembo”. Poco menos que imposible que lo podamos explicar, y mucho más imposible que el otro lo entienda. Yo, en este caso, para no empeñarme en algo destinado al fracaso, lo que hago es enseñarle una sartén cambemba, o una mesa cambemba. Así es más fácil que lo comprendan.
   
       Lo verdaderamente difícil, que a veces se convierte en un tormento para el gaditano, y mucho más aún para el forastero, es entender la grasia de Cai. El doble sentido, la exageración, el hablar en serio algo que es en broma, o en broma algo que es serio, y otras muchas cosas propias de aquí.
   
       ¿Cómo puede entender un forastero que llamemos cariñosamente a alguien “hijo puta”, por ejemplo, y nos quedemos tan tranquilos ese alguien y nosotros? ¿Y por qué no puede entenderlo? Pues porque ese alguien, también gaditano, sabe perfecta e inmediatamente si se trata de un apelativo cariñoso o de un insulto, pero el forastero no puede entender cómo logra adivinarlo en décimas de segundo.
   
       La guasa no tiene cura, dicen por aquí. Y es bien cierto. Está tan enraizada en la gente de Cai que, si tratáramos de extirparla sería imposible, a riesgo de extirparle su esencia de gadita.
   
       Por experiencia, creo que lo más complicado para un forastero es conseguir descifrar rápidamente si lo que un gadita le cuenta se trata de algo en serio, verídico, o lo está diciendo en broma. Lo más usual es que piense que le está tomando el pelo, e incluso más de uno se ofende.
   
       Para mí es un auténtico placer y un baño gadita el hacer cola en el puesto de churros de mi amigo El Luna, el del puesto de La Guapa, y sobre todo en verano, que hay mucho forastero. Me contaron que el mes pasado, agosto, había una cola considerable esperando para comprar los excelentes churros que hace y vende allí mismo, a la vista de los clientes. Y en estas, llegó un hombre que, saltándose la cola, pidió que le despacharan. Por supuesto, El Luna le señaló la cola, con una breve pero clara instrucción, a lo que el hombre, que era forastero, le espetó en alta voz:
   
       - Oiga, que yo no soy de aquí, que soy de fuera…
   
       Tras oír toda la cola tan absurdo argumento, comenzó el cachondeo.
   
       - Venga, Luna, despáchale a este hombre ya, que no es de Cai.
   
       - Joé, Luna, ¿lo vas a hacer esperar? ¿No te ha dicho que es de fuera?  ¿Qué van a pensar de la gente de aquí, que hacemos esperar a los  veraneantes? A lo mejor el hombre tiene prisa, o lo está esperando su  familia en la Caleta con el cafelito en la mesa…
   
       - Desde luego, Luna, eres un cabrón. A partir de mañana me voy al  puesto de al lao, sieso. ¡Vaya forma de tratar a una persona que es de  fuera…!
   
       En fin. A qué abundar. Os lo podéis imaginar. Guasa y risa para un buen rato.
   
       Esto es una anécdota de los cientos que se pueden vivir todos los días. Me han contado que hay gente “de fuera” que va a ver los partidos de fútbol en Cádiz no para ver el partido, que es lo que menos le interesa, sino para escuchar los comentarios de los que tiene alrededor. Por supuesto, coincido con ellos. Los comentarios suelen ser mucho más interesantes que el partido. Mucho más. Y sobre todo para una persona “de fuera”.
   
       Tengo amigos y amigas sudamericanos, inteligentes y con sentido del humor, que han tardado años en acomodarse a este batiburrillo verdaderamente infernal del doble sentido y de la guasa, de la mezcla constante entre lo serio y lo jocoso, entre lo cierto y lo falso, entre lo justo y lo exagerado.
   
       - Quillo, el otro día estuve a punto de coger una corvina de tres kilos.
       - ¿Se te perdió? ¿Rompió la línea? ¿No pudiste subirlo? ¡Que pena ¿no?!
       - ¡Qué va! ¡Peor! Estuve a punto, pero se dio cuenta el del puesto del pescao…
   
       Todo el día igual. De ahí la fama que tenemos de que todo lo tomamos a broma y de que no hay manera de entenderse con nosotros.
   
       Pero yo diría que sí que hay forma. Es cuestión de paciencia, cariño, sentido del humor y finura de inteligencia. Y lo que sí puedo asegurar a cualquiera es que, una vez conseguido, se tiene uno asegurado una vida alegre, risueña y apacible en esta tierra, difícil, sí, pero, como todo lo valioso, inapreciable.


martes, 29 de septiembre de 2015

SENTIDOS POCO COMUNES







 Solo trato de enseñaros que cuando llueve las calles están mojadas.
G.I. Gurdjieff

Los sentidos corporales son cinco. Esto lo sabemos. Pero de los sentidos del alma hay dos que creo imprescindibles para vivir sabiamente. Me refiero al sentido común y al sentido del humor.

Es curioso, pero de todas las facultades del alma son los más raros de encontrar en una persona. Y más curioso aún, no dependen de su formación cultural. Se puede no saber ni leer ni escribir y sin embargo tener abundancia de ambos sentidos, y se puede tener una enorme cultura y tener una carencia notable de los dos.

Pero ¿cuál es la raíz y el asentamiento de ambos? ¿Y cuál es su importancia en la vida? Me parece asuntos dignos de reflexionar y aclarar.

Dicen que el sentido común es el menos común de los sentidos, por lo que me parece que se le ha dado ese nombre no porque todo el mundo disponga de él, sino porque está al alcance de cualquiera, aún sin disponer de conocimientos especiales. Creo que incluso hay animales que tienen mayor sentido común que muchos hombres. Ya sabemos eso de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra…

Quizá este sentido esté estrechamente relacionado con la captación de lo evidente. ¡Eso es de cajón! –se dice por aquí- ¡No tiene vuelta de hoja! ¡Está a la vista! Sí, sí… pero si fuera tan evidente, todo el mundo lo vería. Y resulta que casi nadie ve lo evidente. Pareciera como si lo cubriéramos de un velo que lo ocultase. Si está tan claro ¿cómo casi nadie lo ve? Aquí hay algo raro…

Muchas veces salta a la vista que algo es de una manera imaginando que fuera de la manera contraria. Si esta última es totalmente absurda debe ser de la otra. Hay que barrer la escalera de arriba para abajo. Pensemos en qué sucedería si lo hiciésemos al contrario.

En otros casos se trata de leyes naturales, las que, observadas una y otra vez, comprobamos que son inexorables, y que las consecuencias de las mismas son de sentido común. El fuego quema, la cosas se caen y se rompen, los golpes duelen, etc.
Pretender que estas leyes no actúen y tratar de evadir sus consecuencias es de locos, o lo que es lo mismo, de gente falta de sentido común.

La captación de la evidencia parecería que es algo que no tiene mayor dificultad, pero lo cierto es que mucha gente no está dispuesta a aceptarla ni a tomarla en cuenta. Así, se encuentra gente que, aunque llueva, está dispuesta a afirmar que las calles permanecen secas. Quizá por eso Gurdjieff dijo lo que citaba al principio, que su enseñanza se ceñía a enseñar eso, es decir, lo evidente. Habrá mucha gente que lo niegue, pero eso no significa ni deja patente otra cosa que su falta de sentido común.

El sentido del humor también es poco común y a veces es mal comprendido. Mucha gente piensa que lo tiene y que es de mucha utilidad, pero solo si no se aplica a él mismo. En este caso deja de tenerlo y de usarlo. Está bien para divertirse, pero… de los demás, no de él mismo. Y resulta que la raíz misma de este raro sentido radica en eso, en reírse de lo que a uno mismo le parece a primera vista de suma importancia.

Es un sentido benéfico, balsámico para el alma e imprescindible para no tener que suicidarse. El suicida es fundamentalmente una persona sin sentido del humor. Mitiga el sentido trágico de la vida, relativiza los dolores, los miedos y las dudas, resta importancia a lo que en realidad no lo tiene, cura la vanidad y el orgullo, alegra y dulcifica la vida y las relaciones con los demás y con uno mismo, acerca a las personas… hace la vida vivible.

Nunca conoceréis a una persona que se cree importante que tenga sentido del humor, ni a ningún vanidoso, ni a ningún soberbio… Es un sentido que es patrimonio de la gente sencilla, humilde, simpática y sabia.

Si conoces a alguien que no tenga sentido común ni sentido del humor te recomiendo que no hagas nunca un viaje con él.


jueves, 24 de septiembre de 2015

CÁDIZ, MAR Y LAVA





He conocido a muchos forasteros que, tras unas semanas respirando inmersos en la sal y la luz de nuestras calles, me han comentado sorprendidos y enamorados: “Siempre voy oliendo a mar... siento... como si estuviera andando por las rocas de La Caleta, como rompiendo con dulzura el camino blanco de su orilla...”

Y, como siempre nos ocurre, el forastero enamorado nos enseña facetas de nuestra tierra en las que nunca reparamos, como un amante apasionado repararía en los lunares escondidos de nuestra propia mujer, o en el brillo encendido de sus ojos, que miramos durante años pero que nunca descubrimos...

El forastero mira nuestra pequeña isla con el gozo fresco del primer amante, mientras nosotros la vemos como nuestra amada de toda nuestra vida, con el amor manso y profundo de una larga compañía.

Y yo, tras meditar un rato sus palabras, acerté a descifrar sus impresiones.

 Creo que esta ciudad, si te fijas, solo es mar... y lava, le dije. En esta calle por la que paseamos, o en cualquier otra, solo pisarás granito, y solo te rodearán edificios cuyos viejos muros guardan infinitas almas de infinitos compañeros de camino. Mira esas piedras. Dentro de ella aún respiran ostiones, almejas, lapas, caracolas, burgaíllos, erizos, cañaíllas, y un sinnúmero de viejos marinos gaditanos con sus barcas varadas para siempre.



Estas piedras son solo mar, y el suelo que pisas es solo lava.

¿A qué otra cosa podríamos oler? Como en el pequeño pueblo castellano hueles a era, a trigal y a paja, y en las tierras de Jerez hueles a mosto nuevo, a uva y a lagar, aquí el mar nos penetra... está hundido en nuestra carne, en nuestra casa... en nuestra alma.

Vi que sonreía, y vi que entendía mis palabras, pero, más que eso, sentía su comunión con el alma de mis calles... su comunión con la mar.

El sol y la mar. ¿Es Dios algo más que el sol y la mar? -le dije. Si por algo nuestra tierra está bendita no dudes que se debe a esa presencia cierta pero invisible. Seguramente a eso debemos nuestro carácter, nuestra risa y nuestra fe. ¿Te han dicho alguna vez que el sol no haya salido a su hora, que la marea no haya subido cuando debía?

Siéntate en cualquier esquina y pregúntale a la mar, por ti o por tu vida. Siempre te dirá, como una madre vieja, como una nodriza generosa, que Poseidón es muy, muy antiguo... No pierdas la fe, espera sólo mil años más.


lunes, 14 de septiembre de 2015

HIERBA QUE EL SOL SECARÁ...









¿Hierba que el sol secará
en los rigores del estío?

¿Ola de bravura desmedida
que, rozando fondos,
marcará su fin en la efímera espuma?

¿Nieve blanca, sin mancha,
que descubrirá la parda tierra
en su deshielo inevitable y final?

No sé...
No sé...

Pero no. No será.
El manantial no cesa, en su llanto.
La simiente enterrada brota sin cesar
y sin cesar la lluvia fecunda
los pechos abiertos a la luz,
los brillos y albores del hechizo,
las manos que no pudieron zafarse,
lo unido que las llamas unió.

No puede ser...
No puede...

No será.


domingo, 6 de septiembre de 2015

ENVASES "ABRE-FÁCIL"






"Estaba yo en la ferretería, comprando un cincel y un martillo para abrir una lata de abre fácil, cuando me encontré con mi amigo Manolo y…"
Tip, de Tip y Coll, humoristas.




Yo ya soy, digamos, de cierta edad, y mira que he luchado por mi aggornamento, pero los envases modernos aún me presentan un reto casi insalvable.

Cuando me encuentro ante uno de ellos, sea leche, bolsa de patatas fritas, latas, o lo que sea, me paso un rato observándolo con miedo, adivinando de antemano todo lo que me va a suceder. Un pequeño sudor frío me baña el rostro y mis manos tiemblan imperceptiblemente.

Trato de relajarme un par de minutos, me juro solemnemente mantener la calma, no irritarme, no insultar al fabricante y reprimir mis irrefrenables deseos de tirar el envase por la ventana.

Tengo formación técnica, y soy lo que llaman un manitas, por lo que siempre me propongo firmemente que un estúpido envase no supere mis reconocidas habilidades manuales. Tranquilo, aunque temiéndome lo peor, paso un buen rato observando detenidamente cada centímetro cuadrado del engendro, tratando de averiguar qué es lo que pensó el hábil diseñador, que el infierno lleve, para conseguir su apertura.

A veces, tras este delicado proceso no concluyo nada definitivo, y nunca encuentro ningún atisbo o indicio que me oriente por donde empezar. Así y todo hago los intentos que me dicta mi sentido común, pero sin resultados o, lo que es mucho peor, con resultados catastróficos.

Si abro la caja de leche, tengo a mano una esponja de cocina, pues ya sé que a la primera abertura el zumo de teta llegará hasta la pared. Y si se trata de un bote de medicinas o de limpiadores caseros, de esos que tienen un tapón inabrible, anti-niños y anti-adultos, hago acopio de fuerzas en los músculos de mi mano.

-Recuerda, Miguel, apretar bien hasta el fondo, y, sin soltar la presión, girar en el sentido contrario a la de las agujas del reloj. ¡Y yo con artrosis en las manos! ¡Coño, ¿hay que ser boxeador para abrir esto?!-

Si pretendo abrir un plástico hermético de lonchas de embutidos es más fácil, voy directamente a coger la tijera y me olvido del abre-fácil. Je, je… a cortar por lo sano, que es lo mío.

Las latas ya son otra cosa. Me pongo los guantes de seguridad para no cortarme, tiro de la anilla y ya está. Eso pienso, pero... ¡ya me he quedado otra vez con la anilla en la mano…! ¿Y ahora qué? La punta de un destornillador nunca me fallará –me digo- Por supuesto no falla, pero además de abrir la jodida lata, engraso el destornillador, mi mano, mi ropa y el suelo. ¡Fregona, fregona!

Todo, todo, pero todo, está envasado con seguridad. Tanta seguridad que se necesita un especialista, especialista de los de las películas, tipo Bond, James Bond, para desenvasar lo que con tanta seguridad se envasó. El queso está envasado, el desenvasador que lo desenvase buen desenvasador será…

Esta misma mañana, en la cocina, al ir a coger otra cosa, vislumbré dentro de un armario un pequeño envase de plástico rígido que contenía unos deseables bombones. Tomaré uno –me dije-, total, uno solo no es pecado contra el dios colesterol.

¡Qué idea nefasta! El fuerte deseo me impulsó a la dura batalla de abrir el envase. Observé atentamente. ¡Ya lo tengo! La etiqueta del producto envolvía el paquete en todo su perímetro. ¡Te cogí, diseñador! ¡Me lo has puesto fácil… Lo quité, con una tijeras, claro, no creo que nadie fuera capaz de ver su principio ni su final… Pero… había más trampas. No veía nada que pudiera ser tal... Observé, con ayuda de una lupa, la unión entre el cuerpo del envase y la tapa. Era perfecta, pero no veía nada que pudiera ser un obstáculo para la abertura. Cogí una pequeña navaja para pasearla por la unión concienzudamente. Triunfante, hice el intento de deshacer tan burda trampa. ¡Nada! Solo se abrió un pequeño trocito por un lateral. Forcé la máquina, dispuesto a no dejarme vencer…

¡Zás! ¡Cataplássss! El envase estalló en trozos, dejando caer su dulce contenido.
¡Te jodí! Me voy a comer a tu salud uno… o dos bombones, y tu, puñetero envase, ¡a la basura!

Y pensar que los plátanos son tan fáciles de abrir… Una vez más la Naturaleza nos gana en sabiduría.


miércoles, 2 de septiembre de 2015

VOCES NORUEGAS



Dirigidas por la excelente directora musical Grete Pedersen. Gracias Grete...




domingo, 23 de agosto de 2015

CÁDIZ, LA CIUDAD DE LOS BALCONES


Bien se podría bautizar a mi ciudad con ese nombre, porque, si hay algo que forma parte de su identidad son sus balcones, los balcones de sus casas.

Y balcones hay de dos clases. Balcones y cierros. Ambos son de la mayor utilidad y prácticamente todas las casas disponen de ambos lujos.

¿Qué es una casa sin sus balcones? Las ventanas son útiles, pero solo sirven para mirar a lo lejos, en avenidas anchas o en casas en el campo, pero en nuestro caso, donde las calles son casi igual de anchas que el patio interior del edificio ¿qué podríamos ver desde una ventana? A lo sumo averiguar qué está haciendo el vecino de enfrente, pero no lo que ocurre en la calle. Por eso los balcones no son algo ocioso, sino algo necesario.


Parecería que somos chismosos, pero no, lo que pasa es que en mi cuidad ocurren muchas cosas en la calle, porque la calle no es solo vía de vehículos y peatones, sino algo así como la prolongación de las casas. Pasan muchas cosas de interés, casi casi tantas como dentro de las mismas casas.

En Cádiz las calles son “habitables”, sobre todo durante el buen tiempo, que suele ser casi todo el año, menos los meses de lluvia. En la época de calores, en el verano, es habitual en muchos barrios que la terraza natural de los hogares sea la calle. Unas sillas fuera, quizá una mesita de playa, unos tintos con gaseosa, y ya está. Fresquitos y contentos. Ligeritos de ropa se puede pasar una tarde-noche agradable charlando con un vecino o amigo de lo divino y lo humano. Es una gloria, lo más parecido al paraíso perdido. Y si la parienta ha asado unas caballitas y nos las pone por delante con su piriñaca… ya… no tiene nombre la cosa.

Y ¿qué hacer con un balcón si llueve o hace frío? Pues que hay que recurrir al cierro. No se si en tu ciudad hay cierros, por si acaso te lo explicaré. Es sencillo, verás. Se cubre el balcón, justo por dentro de la baranda, con un cerramiento de madera y cristales, desde el piso hasta la altura del techo de la casa. Y ya está, ya estamos libres de lluvia, viento y frío. Que hace bueno, se abren las hojas de ventanas y se asegura, por aquello del viento, con aldabillas, y de esta manera no se cerrarán bruscamente. Que hace malo, se cierran todas las ventanas y se mira a través de los cristales. La calle siempre a la vista, esto es lo importante.

Además, es un buen vivero natural para las macetas, llenas de luz y abrigadas de vientos y frío. Una tarde de lluvia leyendo o cosiendo, sentado en tu sillita preferida, junto al cierro, es una bendición. Y también, su techo, realizado con placas de zinc, es un hábitat perfecto para el anidamiento de palomas. En conjunto, un elemento perfecto no solo para la paz y el disfrute de los seres humanos, sino para la el cultivo de plantas y la crianza de pichones.

En el siglo XVIII hubo un problema, pero se solucionó pronto, no sin un costo adicional. Las señoras y señoritas usaban miriñaques para dar un vuelo artificial pero elegante a sus faldas, y ese artilugio necesitaba una estructura rígida de varillas para mantener abierta la falda, por lo que molestaba la parte inferior del cierro o del balcón. ¡Pues la solución es simple, se le da a la parte inferior la forma adecuada y ya está!



- Pero, Manolo, estas esquinas del cierro son muy antipáticas, cuando estás mirando algo y pasas la vista por ellas me lo pierdo de vista por un momento, ¡y en un momento puede pasar lo más interesante…! ¿no lo podrías arreglar?
- Siiiii… lo pensaré…
Ya está, saldrá algo caro, pero ya está.
- Eres un cielo, Manolo, ¿qué vas a hacer?
- Pues ¿qué va a ser?, que encargaré cristales curvos para las esquinas, que los he visto en casa de los Fossi. Sé que son caros, pero para ti no hay nada demasiado bueno…
- Manolo… mi Manolo…


Ese fue el motivo de la invención de los cristales curvos, y de las barandas curvas… Como se puede ver, la mujer siempre es motor de progreso y de arte…, todo debido a las curvas, como no… por algo lo femenino siempre estuvo enemistado con lo rígido y anguloso.

¡Ya viene el Nazareno, ya viene el Nazareno, vamos al cierro! Y desde allí, como almenas con toldillas, se ve llegar a la santa imagen en su gran pedestal, meciéndose como llevada por las aguas. Y pasa tan cerca que puedes tocar la plata de sus velones y extraer algo de su santidad para presignarte.

¡Ya está aquí la Virgen de los Dolores, bajo su palio, rodeada de flores y del fuego de sus infinitas velas encendidas!



Casi rozando las farolas, en el silencio de la noche, turbado solo por el crujir cimbreante de los varales, llega majestuosa.

Y todo sucede allí, bajo nuestra mirada atónita, tan cerca, que los aromas del incienso y el humo de las velas penetran por toda la casa, y los sonidos de las trompetas, de los tambores, y del gentío… toda una maraña de sensaciones que atraviesan milagrosamente hasta la última fibra del alma.

Todo ocurre en la calle…

Y luego, en Carnaval…
- Mira, ahí va la tía Juanita, vestida de guardia civil, y su marido, disfrazado de pulpo de La Caleta… ¡qué ganas de juerga tienen siempre! ¡No se cansan!

¡¡¡ Al rico pirulí de La Habana!!! ¡¡¡Arropías, llevo arropías!!! ¡¡¡Cangrejo, boca, camarone…!!! ¡¡¡Niña, recién cogiose, que dan sartos!!! ¡¡¡M’acaba de mordé un cangrejo moro, niña…¡¡¡


El gentío va y viene, como las olas, y el murmullo resuena como el batir de las olas en las rocas. Arriba, abajo, arriba… abajo. Todos ríen, bailan, se dicen cosas, se abrazan… todo el espíritu de las saturnales se infunde en las almas y en los cuerpos.

-¡Échame una copita, que estoy seco…! Y vámonos a tomarnos unas tortillitas de camarones en La Guapa… que están acabaítas de salir…


La Navidad, el Carnaval, la Semana Santa, el Corpus, el largo y cálido verano, los Tosantos… ¡y dicen que Cádiz no tiene fiestas…! Y es cierto, porque, como dijo el poeta carnavalero… si Cádiz está de fiestas… todo el año.