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miércoles, 16 de junio de 2010

RESPONSABILIDAD




Esta es una de las palabras que más asustan hoy día. Y lo es porque implica un compromiso, y nadie quiere compromisos que tuerzan de alguna forma su “libertad”.

La libertad es entendida hoy como el derecho de hacer uno lo que le venga en gana en cada momento, sin depender de ninguna “obligación”, palabra que se usa para designar a otra más noble: “el deber”.

Nadie quiere responsabilidades, porque se dice que “atan”. Y es cierto que las responsabilidades atan, pero en realidad atan a aquellas cosas a las que estamos atados por amor. Pero hoy amor es… cualquier cosa. Nos falta mucho que aprender sobre el amor. Y cuando se avanza por el camino del amor, en realidad muy poco transitado, se encuentra uno con que se es responsable de lo que se ama. Como decía El Principito:

“Soy responsable de mi rosa”

La responsabilidad, como todas las demás cosas de la vida, comienza por uno mismo. Por ello, la primera responsabilidad a concienciar y asumir es la responsabilidad sobre uno mismo. Y esto ¿qué quiere decir?

Tenemos instintos, sensaciones, sentimientos y pensamientos, por esto somos seres humanos. Y somos responsables de todas estas cosas. La cuestión es que, para ser responsables de nosotros mismos, hemos de tener conciencia de nosotros mismos, lo cual, siendo tan fácil aparentemente, es sumamente difícil en la práctica. Supone saber qué sentimos, qué hacemos, qué pensamos, y lo que es aún más difícil, que vamos a sentir, que vamos a hacer, que vamos a pensar. Porque ser conscientes de los que hacemos en cualquier plano una vez hemos actuado tiene mal remedio, si bien es la vía para extraer experiencias. Sería como Epimeteo. Pero hay que ser como Prometeo, anticiparnos a nuestros actos y sopesarlos, considerando sus efectos, buenos o manos, en nosotros y en nuestro entorno. Esto es sabiduría.

Hay otra cuestión a considerar. Pensemos por un momento: ¿asignamos responsabilidad a lo que pueda hacer un niño pequeño? Es evidente que no. Decimos, bueno… solo es un niño, no sabe lo que hace. Y ¿por qué no lo hacemos responsable de sus actos? Porque sabemos que no tiene capacidad de conocer las consecuencias de sus actos.

Lo más lamentable de todo esto es que en muchos casos tampoco podemos exigir responsabilidad de sus actos a personas que no son niños, sino ya adultos. Y ¿por qué sucede esto? Sencillamente porque, o bien no han desarrollado la conciencia de sus actos, o porque han desechado en aras de la “libertad” el control de sus actos, y no les importa si sus consecuencias son beneficiosas o dañinas para él mismo o para su entorno.

La falta de memoria conciencial da como consecuencia la repetición hasta el infinito de los mismos errores, que, acumulados, traen como consecuencia segura la desgracia para el desmemoriado como igualmente para todo aquél en el que repercuta su actuación inconsciente.

Si recordamos a alguien:
- Tal día hiciste tal cosa

Nos responderá
- Nunca hice eso.

¿Qué podemos hacer, entonces? Si una persona actúa una y mil veces de la misma forma, y mil veces y una lo niega. ¿Qué ponemos hacer? Parece ser que nada.

Pero hay una cosa que las leyes naturales sí que hacen. Y lo que hacen es que a estos seres inconscientes los sumergen una y otra vez en el mayor sufrimiento, para que alguna vez, al fin, descubran el motivo de su sufrir. Es algo así como el purgatorio que nos enseñaron. Purgar es purificarse por el sufrimiento. Y quien, no se ajusta a la Ley por discernimiento, lo hará por sufrimiento. No hay ninguna otra opción. Este es el sentido de la enseñanza del Buda:
"El dolor es el vehículo de la conciencia"

Y, por otra parte, aquél que logra tener conciencia de sí mismo y se empeña en contrariar la Ley, lo hace de manera consciente, por lo que ha de atenerse a los resultados de sus acciones. Y la Ley no deja a nadie sin beneficio ni sin perjuicio. Es inflexible e inapelable, porque es el auténtico juez de todo lo viviente en el Universo. Su responsabilidad es el mantenimiento del orden natural de todas las cosas, y permitir lo contrario sería actuar contra sí misma.