
El alpinismo es una afición muy ingrata. Las personas que se dedican a ella deben de ser personas muy especiales y “raras”, porque la verdad que es algo casi inexplicable.
Subir, subir, subir... Cada vez la dificultad es mayor, cada vez el frío es más grande, cada vez la soledad es más sola, y solo le acompañan quizá algunas águilas imperiales.
Y ¿para qué lo hacen? Solo para contemplar el mundo abajo, desde la cumbre, en el silencio purísimo del aire enrarecido, en la transparencia de un cielo más que azul.
¿Merece la pena? Toda la vida preparándose de una manera ardua, entrenándose cada día, sometiéndose a penosas pruebas, para que, una vez en su ascenso, pueda enfrentarse a las condiciones más inhóspitas.
Lo que además lo hace más ingrato es que nadie puede comprender su empeño. Para casi todos es un loco, alguien dispuesto a jugarse la vida por algo incomprensible. ¿Abandonar la calidez del sillón preferido? ¿La compañía de sus amigos, de su familia, de sus conocidos? ¿Someter a su cuerpo y a su ánimo a pruebas terribles, en lugares tan inhóspitos donde nadie podrá ayudarle en caso de necesidad? Y... todo eso... ¿para qué?
¿Qué espera conseguir cuando llegue a la cumbre, si es que llega?
¿Qué extraño e incomprensible placer busca con su empresa?
¿Qué puede compensar su duro entrenamiento, su viaje hasta arriba lleno de tribulaciones, de esfuerzos, de sinsabores, de incomprensión, de soledad, de, en fin, abandono de todo lo que parece sensato que el hombre persiga en la vida?
Pero lo cierto es que siguen existiendo alpinistas, y que seguirán existiendo.
Afortunadamente, aunque nadie, o casi nadie, entienda sus propósitos.

Mi agradecimiento a Carmen, querida amiga bloguera, quien, con su entrada en su blog "La condición humana", me ha hecho recordar este pequeño texto que escribí hace años.
La dirección de su entrada es la siguiente:
