domingo, 26 de septiembre de 2010

EL ASUNTO DE LAS FUENTES



Lo grave no es el que no sabe, no contesta
sino el que no sabe pero contesta.
Esta profunda conclusión, no exenta de gracia dentro de su importancia, me la solía repetir un viejo amigo.

Vivimos en un mundo en el que impera la fuerza de la opinión, en detrimento de la fuerza de la sabiduría. Es cierto que los sabios son pocos, si es que queda alguno, y se les exige grandes conocimientos de la naturaleza humana y divina, así como largos años de reflexión y meditación sobre los temas de trascendencia antes de abrir la boca.

En cambio, se considera que cualquier persona puede dar su opinión, sin exigirle ningún conocimiento sobre lo que opina. Y lo sorprendente de esto, por lo absurdo, es que la opinión de cualquiera es tan válida y posee el mismo peso que la de un sabio o experto en la materia sobre la que se opina.

Tanto es así que se hacen estadísticas (oh, las estadísticas…) sobre casos tan complejos como, por ejemplo, si cree usted en el calentamiento global del planeta, los peligros de la energía nuclear, la existencia de Dios, la fecha de la próxima hecatombe económica o cualquier otra cosa que se nos ocurra.

Los que dan su opinión, en una mayoría casi absoluta, no tienen la menor idea de estos asuntos, ya que ni han dedicado el mínimo tiempo en documentarse sobre ellos ni por supuesto a reflexionar largamente sobre los mismos. Pero se hace la estadística, se cuentan los votos a favor y en contra, y así se descubre cual es la opinión de más peso, considerándola la más cercana a la verdad.

Ya decía Platón que la opinión era el estado intermedio entre la ignorancia y la estupidez. En verdad, el comienzo del camino a la sabiduría es la ignorancia, si se la asume, como lo hizo Sócrates, pero la estupidez le cierra la puerta a ese camino, ya que el estúpido habla de lo que no sabe, creyendo con soberbia que sabe mucho de todo. Pero, sorprendentemente hoy se hace a la opinión superior aún a la sabiduría, suplantándola sin más.

Esto equivaldría a la situación en la que un cirujano hiciera una encuesta entre sus ayudantes, médicos y enfermeros presentes en el quirófano, para decidir por donde seccionar un órgano o qué arteria cortar para proseguir con una operación a corazón abierto. De seguro que el enfermo dejaría de serlo, para pasar a engrosar la lista de las esquelas del día siguiente.

Cosa tan simple de entender, como que la opinión de un experto vale más que la de miles de inexpertos, nos lleva poco a poco a situaciones absurdas y carentes de mínimo sentido común.

Pero la opinión no es asunto de este artículo, aunque tiene mucha relación con él. Me proponía reflexionar sobre el asunto de las fuentes.

Acudo nuevamente a mi querido diccionario etimológico, precisamente para encontrar las fuentes del significado de la palabra “fuente”. Dice así:

Del latín fons, fontis; de fundere, fundir, buscar el fondo, nivelarse.
Como siempre, la etimología es muy iluminadora del alma de las palabras.

De esto es de lo que quería hablaros hoy, del lugar donde se funden las distintas corrientes sucesivas y posteriores, es decir del nacimiento o raíz de algo, algo similar a las fuentes de los ríos. Y cómo no, de buscar el fondo de las cosas, y también de nivelar, es decir de buscar el orden y la dirección estructural armónica de algo.

La búsqueda de las fuentes es quizá, tras la asunción de la propia ignorancia, el comienzo del camino en la búsqueda de la sabiduría, ya que es de sentido común aceptar que no somos los primeros (ni seremos los últimos) en preguntarnos sobre la naturaleza y fin de las cosas existentes, por lo que es sensato acudir a los sabios que nos han precedido, que son muchos y muy insignes.

Afortunadamente, de algunos de ellos nos ha llegado hasta nuestros días restos de su sabiduría, bien en textos, milagrosamente salvados de las garras de la ignorancia o del desdén, bien en obras, quizá erróneamente consideradas de arte, como construcciones, templos, pinturas, música, danzas y otras obras inspiradas por las Musas. Incluso en algunos casos, las menos, la sabiduría ha recorrido la historia, de manera soterrada, pasando de maestros a discípulos hasta el día de hoy.

Pero ¿dónde acudir para conocer y comprender, por ejemplo, la cuestión de los arquetipos fijos o el mito de la caverna? La respuesta es de lo más tonta:

- Pues en los escritos de Platón, claro. Fue quien los explicó en sus libros…

Sorprendentemente no se suele acudir a los textos de Platón para conocer estos asuntos o muchos otros, sino a comentaristas o divulgadores de su pensamiento. Es lo habitual. Pero ¿cuál puede ser la razón de tan aparente sinsentido?

Decía Amado Nervo que “todo es cuestión de recipiente”.

Parece ser que se estima que es difícil, trabajoso y a veces imposible entender las palabras y los pensamientos de los sabios, por lo que resulta preciso contar con una especie de “traductor”. Quizá éste también sea muy confuso, oscuro o difícil de digerir, por lo que hará falta un traductor del traductor. De esta manera, muchas veces acudimos al traductor número 27º para intentar comprender las ideas de Platón, o, para perder menos tiempo aún, recurrimos a la conocida enciclopedia virtual Wikipedia, con lo que la intervención de “traductores” llega casi al infinito.

Evidentemente, esto es como el juego del teléfono, que seguramente conoceréis, ese en el que, reunidos un grupo numeroso de participantes, y dispuestos en círculo, uno de ellos dice una frase al oído del que tiene a su derecha, y éste a su vez la dice al de su derecha, y así hasta que la frase llega finalmente al primero que la dijo. Todos los que hemos jugado a este juego sabemos que no solo la última frase no tiene nada que ver en absoluto con la primera, sino que es incomprensible y sin ningún sentido. Esto es algo parecido a lo que ocurre con los comentaristas e intérpretes, los que llamé “traductores”.

Dije que decía Amado Nervo que “todo es cuestión de recipiente”. Y esta puede ser la clave de este confuso asunto.

Una cuchara puede tomar una cucharada de agua del mar si la sumergimos en él.
Un jarro puede tomar un jarro.
Un tonel puede tomar su capacidad.
Una gabarra muchos metros cúbicos.
Un buque tanque, miles de metros cúbicos.

¿En qué consiste la diferencia? Es obvio que en la capacidad del recipiente.

He oído decir muchas, muchas veces, que si fueran de libre acceso las bibliotecas secretas del Vaticano tendríamos a nuestra disposición infinidad de nuevos conocimientos. Y yo siempre me pregunto: ¿cuántos podrían entender la sabiduría de esos textos? Muy pocos, seguro. Y, de hecho, harían mal uso del mal entendimiento de ellos, ya que el asunto no es nuevo. Las conclusiones que han extraído del Corán ciertos fanáticos son producto exclusivamente de su nula comprensión de lo que Mahoma dispuso en ese libro.

Desgraciadamente así ocurre con casi todas las tradiciones antiguas que han llegado hasta nosotros, ya que nuestro siglo, ignorante y soberbio, considera como antiguallas todas ellas, o bien cuentos para niños o engañabobos para adultos.

Las mitologías griega, nórdica, celta, maya o cualquier otra se consideran solo cuentecitos con los que trataba de distraer y dominar a los hombres de aquellos pueblos antiguos y atrasados.

La simbología egipcia, cretense, asiria, hindú, azteca o cualquier otra eran, según dicen, simplemente maneras de gobernar las cosechas o de aludir a las fuerzas naturales que para esos pobres ignorantes resultaba incomprensible y temible.

- Oiga, serían muy ignorantes, pero ni aún hoy en día, con nuestra gran tecnología, seríamos capaces de construir templos y pirámides que ellos parece que hacían con una facilidad pasmosa, y con una perfección técnica hoy muy lejos de conseguir. El simple plano de uno de los millones cubos de piedra de la pirámide llamada de Keops tiene una perfección mayor que la mejor lente construida para el mejor observatorio astronómico.
- Bueno, sí, pero la hicieron los extraterrestres…
- Ya, ya… seguro… los extraterrestres…

En nuestro siglo se considera que cualquier persona, hasta el que asó la manteca, tiene la misma capacidad de comprensión de las cosas del Universo que cualquier otro. Pero, por mucho que nos lo repitan, una y otra vez, pensar eso es simplemente… una estupidez.

Pero ¿a qué se refiere Nervo cuando nos habla de recipientes?
¿de cuáles de nuestras potencialidades depende nuestra capacidad de comprensión de las esencias de las cosas?
¿podemos ampliar nuestro recipiente para ser capaces de, atravesando la superficie y buceando a lo profundo, llegar a conocer la naturaleza más íntima de las cosas?
Cuando alguien dice "he comprendido", y otro dice "he comprendido" ¿han comprendido los dos en la misma amplitud, o quizá alguno, o los dos, han creído comprender algo y no han comprendido nada?

Recordando a Shakespeare, podemos decir pues:

To be or not to be,
that is the question




domingo, 19 de septiembre de 2010

BAJO LA VOZ DE LOS PINOS



Escribo en la noche, a la sola luz de una lejana farola, en un cielo sin luna.
El viento sopla fuerte, como lo hace en mi tierra el recio levante.
Su voz se hace sonora en los pinos, entre sus ramas agitadas, y se parece mucho, es como igual, a la voz de la mar en las orillas. Sube y baja al compás de las olas, como aquí con sus rachas, ora suaves, ora bravías.

Amo la soledad, y me siento a gusto en esta esquina del universo, donde estoy solo con mi viento y con mis pinos. Solo me es preciso bajar a mis adentros, y dejar entrar allí las esencias que me rodean, para que me envuelvan, para que me limpien, para que raspen de la piel de mi alma las pequeñeces que día a día se me van pegando, como se pegan a la quilla de la barca los infinitos moluscos que se aprovechan de su navegar y que, día a día, hacen más tortuoso su romper de las aguas.

Quizá hoy me sienta sucio, o me sienta lento en mi marcha, o me parezca difícil avanzar. Quizá hoy me entorpezcan asuntos vanos y pequeños, cuando en cambio sueño mi rumbo claro y seguro.

Un día dije que a veces el camino se vuelve gris. Hoy, como entonces, mi navegar es lento y cansino, y los vientos no hacen avanzar mi nave como debiera.

Limpieza, limpieza. Es seguramente lo que precisa mi barca. Limpieza en su casco, abrir bien sus velas al viento, agarrar con decisión el timón y… seguir velozmente el rumbo necesario.






viernes, 17 de septiembre de 2010

LOS QUE NUNCA ENTRARÁN A UN MANICOMIO





Por Angel Rutigliano, psicólogo. Fragmentos de Ni loco.
Catálogo de los que nunca entrarán a un manicomio.

La población de los manicomios obedece a una lógica segregacionista, que hace ingresar a unos y deja afuera a otros. Pero es posible intentar un catálogo de los que nunca irán al manicomio.

En bicicleta sin frenos

Los que andan por el mundo en bicicletas sin frenos no son desenfrenados sino todo lo contrario. Como la bicicleta carece de frenos, el conductor o conductora establecen el ritmo con su pedaleo. No desarrollan grandes velocidades porque saben que sería imposible detenerse; circulan con velocidad justa. Al llegar a una esquina, o en caso de emergencia, arrastran el pie derecho contra el suelo; esto también les permite, si es necesario, patear un perro. Son enemigos de las bicicletas fijas: en éstas, la falta de frenos proviene de que el ciclista es una especie de caminante estancado que, como el agua de los pozos, puede llegar a pudrirse. Por lo general, los
ciclistas desenfrenados son sujetos que han sabido adaptarse a las vicisitudes de la vida, haciendo con poco mucho. No consideran que andar en bicicleta sea poesía, sino pura prosa; andan sólo por andar. No llevan cadena ni candados: prefieren su bici robada, antes que encadenada.

Los que repiten un mantra

Todos tenemos bastones en la vida. Algunos tienen un hijo y proyectan sobre él sus frustraciones. Otros se compran un balero. Otros van a la cancha. Y otros repiten un mantra. La palabra mantra viene del sánscrito, y contiene la referencia a la mente y a la liberación. El mantra ata a la vez que rescata de los pensamientos que todo el tiempo confunden. Un mantra puede ser una sílaba, una palabra, una frase o un texto largo que, recitado y repetido, va llevando a la persona a un estado de profunda concentración.
Tal era el caso de una paciente de la ciudad de Chivilcoy que, intentando influir sobre los dioses para solucionar sus problemas de adicción, repetía un mantra recomendado por su médico de cabecera:
“Anita-la-gorda-lagartona-no-traga-la-droga-latina”. Nadie supo bien por qué, pero a los pocos meses ya no tuvo mayores problemas y pudo concurrir a sus clases de salsa sin estímulos artificiales. Los mantras también son usados en grupos de autoayuda porque se supone que repetir frases positivas
–“Voy a estar más flaca”, “Hoy mi marido me va a sacar a pasear”, “El energúmeno de mi hijo me va a traer una buena nota”– nos acerca a la concreción de la meta deseada.

Los que tienen una Pelopincho

El viento norte enloquece. Para contrarrestar los efectos nocivos del calor, muchas personas se socorren con elementos artificiales: ventiladores, aires acondicionados, abanicos. Algunos van por más y en su hogar, por pequeño que sea, logran armar una suerte de paraíso terrenal gracias al mayor invento del siglo XX: la pileta Pelopincho. Un terrenito, un gran balcón, una terraza, un patio sirven para instalar la pileta de lona y allí refrescarse las patas y por ende la cabeza. No todos han prestado atención al clima distendido que se vive en un hogar donde reina la Pelopincho. Casi no se discute y, si existe algún tipo de problema, ya se sabe cómo arreglarlo: al
agua, pato. La excepción a esta regla son los que usan la pileta Pelopincho para realizar saltos ornamentales.

Los que se creen Napoleón

Jack Lacan, el destripador del psicoanálisis, sostuvo que “loco no es quien se cree Napoleón, sino cuando Napoleón se cree Napoleón”. Esto hizo diferencia con lo que, durante años, venía sosteniendo la tía Rosita en las reuniones de Tupper que organizaba en la casa. Desde que se enteró de esa máxima, empezó a mirar con respeto a los colifatos y con desprecio a los engreídos, los fatuos, los petulantes. Tras conocer la buena nueva, inició otra relación con los chiflados del barrio, que ya no serían expulsados de los espacios sociales sino, por el contrario, invitados con tarjetas de cartón. Ahora miraba con desaire a la peluquera que, porque una vez había peinado a Mirta Legrand, se sentía superior al resto de los mortales.

Los que lavan el auto los domingos

Ya se sabe que, si existe un momento propicio para el suicidio, son los domingos por la tarde. Después de los ravioles, de la siesta y del clásico, no hay nada (nada) para hacer. La nada avanza y produce lo que algunos filósofos llaman angustia existencial. Quienes lavan el auto los domingos saben que no es por limpieza, sino por otra cosa. Uno los ve, gamuza en mano, concentrados, como si estuvieran pintando la Capilla Sixtina. El empeño, el esmero, el escrupuloso cuidado de cada uno de sus movimientos delatan que no se trata de limpiar un mero automóvil. La patrona puede acompañar como cebadora de mates, pero no se permite el ingreso de niños o perros.


martes, 7 de septiembre de 2010

INTERNACIONALIZACIÓN




DECLARACIONES DE CHICO BUARQUE.
MINISTRO DE EDUCACIÓN DE BRASIL.

No todos los días un brasileño les da una buena y
educadísima bofetada a los estadounidenses.

Durante un debate en una universidad de Estados Unidos, le
preguntaron al ex gobernador del Distrito Federal y actual
Ministro de Educación de Brasil, CRISTOVÃO CHICO
BUARQUE, qué pensaba sobre la internacionalización de la
Amazonia. Un estadounidense en las Naciones Unidas introdujo
su pregunta, diciendo que esperaba la respuesta de un
humanista y no de un brasileño.

Ésta fue la respuesta del Sr. Cristóvão Buarque:

Realmente, como brasileño, sólo hablaría en contra
de la internacionalización de la Amazonia. Por más que
nuestros gobiernos no cuiden debidamente ese patrimonio,
él es nuestro.

Como humanista, sintiendo el riesgo de la degradación
ambiental que sufre la Amazonia, puedo imaginar su
internacionalización, como también de todo lo demás, que
es de suma importancia para la humanidad.

Si la Amazonia, desde una ética humanista, debe ser
internacionalizada, internacionalicemos también las
reservas de petróleo del mundo entero.

El petróleo es tan importante para el bienestar de la
humanidad como la Amazonia para nuestro futuro. A pesar de
eso, los dueños de las reservas creen tener el derecho de
aumentar o disminuir la extracción de petróleo y subir o no su precio.

De la misma forma, el capital financiero de los países
ricos debería ser internacionalizado. Si la Amazonia es una
reserva para todos los seres humanos, no se debería quemar
solamente por la voluntad de un dueño o de un país. Quemar
la Amazonia es tan grave como el desempleo provocado por las
decisiones arbitrarias de los especuladores globales.

No podemos permitir que las reservas financieras sirvan para
quemar países enteros en la voluptuosidad de la especulación.

También, antes que la Amazonia, me gustaría ver la
internacionalización de los grandes museos del mundo.
El Louvre no debe pertenecer solo a Francia.
Cada museo del mundo es el guardián de las piezas más bellas producidas
por el genio humano. No se puede dejar que ese patrimonio
cultural, como es el patrimonio natural amazónico, sea
manipulado y destruido por el sólo placer de un propietario o de un país.

No hace mucho tiempo, un millonario japonés decidió
enterrar, junto con él, un cuadro de un gran maestro.
Por el contrario, ese cuadro tendría que haber sido
internacionalizado.

Durante este encuentro, las Naciones Unidas están
realizando el Foro Del Milenio, pero algunos presidentes de
países tuvieron dificultades para participar, debido a
situaciones desagradables surgidas en la frontera de los
EE.UU. Por eso, creo que Nueva York, como sede de las
Naciones Unidas, debe ser internacionalizada. Por lo menos
Manhatan debería pertenecer a toda la humanidad.
De la misma forma que París, Venecia, Roma, Londres, Río de
Janeiro, Brasilia... cada ciudad, con su belleza
específica, su historia del mundo, debería pertenecer al mundo entero.

Si EEUU quiere internacionalizar la Amazonia, para no
correr el riesgo de dejarla en manos de los
brasileños,internacionalicemos todos los arsenales
nucleares. Basta pensar que ellos ya demostraron que son
capaces de usar esas armas, provocando una destrucción
miles de veces mayor que las lamentables quemas realizadas
en los bosques de Brasil.

En sus discursos, los actuales candidatos a la presidencia
de los Estados Unidos han defendido la idea de
internacionalizar las reservas forestales del mundo a cambio de la deuda.

Comencemos usando esa deuda para garantizar que cada niño
del mundo tenga la posibilidad de comer y de ir a la
escuela. Internacionalicemos a los niños, tratándolos a
todos ellos sin importar el país donde nacieron, como
patrimonio que merecen los cuidados del mundo entero. Mucho
más de lo que se merece la Amazonia. Cuando los dirigentes
traten a los niños pobres del mundo como Patrimonio de la
Humanidad, no permitirán que trabajen cuando deberían
estudiar; que mueran cuando deberían vivir.

Como humanista, acepto defender la internacionalización
del mundo; pero, mientras el mundo me trate como brasileño,
lucharé para que la Amazonia, sea nuestra. ¡Solamente
nuestra!

OBSERVACIÓN: Este artículo fue publicado en el NEW YORK
TIMES, WASHINGTON POST, USA TODAY y en los mayores diarios de EUROPA y JAPÓN.

En BRASIL y el resto de Latinoamérica, este artículo no fué publicado.

viernes, 20 de agosto de 2010

TRASCENDER




Hace unos días, en el Blog del Filósofo Cotidiano, donde participo, con motivo de un comentario a la entrada de mi compañero Quijote titulada “La intención” se aludía al hecho de trascender, en relación con los actos morales. Llevo varios días reflexionando lo que para un ser humano puede implicar dicho concepto.

Trascender, trascendencia… me pareció oportuno recurrir a mi querido diccionario etimológico de E. de Echegaray, y ésta es la etimología que cita:

“Del latín trascendere, pasar a la otra parte, atravesar subiendo;
de trans, más allá, y scendere tema frecuentativo de scandere, subir.”

Se ve que no hay cosa mejor que buscar el origen de las palabras para aclararse. ¡Es maravilloso! ¡Atravesar subiendo! ¡Pasar a la otra parte! Es como si un foco iluminara la palabra dejándonos ver su alma…

Así que cuando hablamos de trascender, de lo trascendente, de lo que es trascendental, estamos queriendo decir que pasamos de un lugar a otro distinto, a un lugar de distinta calidad, y, por aquello de scendere, de más alta calidad, a un lugar más sutil. Hemos subido de nivel. Ahora estamos ya en una situación más alta y que además es de cualidad distinta a la que hemos dejado atrás, es “otra parte”.

Recuerdo aquellas clases de física donde nos explicaban “los estados de la materia”. Se ponía el clásico y hermoso ejemplo del agua. Del agua hielo, del agua líquida y del agua vapor. Todas eran agua, pero en estados físicos diferentes. Si aplicábamos energía, por ejemplo calor, al hielo, éste cambiaba de “estado”. Seguía siendo agua, pero ya sus moléculas no se ordenaban de manera cristalina, normalmente de estructura hexagonal, y el ocasiones especiales, cúbica. Ahora, sus moléculas estaban relativamente más libres en su movimiento y podían deslizarse unas sobre otras, dando lugar a los movimientos propios de un fluido líquido. De la misma manera, y aplicando energía al agua líquida, las moléculas escapaban unas de otras, configurando entonces un gas, el vapor de agua. El movimiento de las mismas era ahora aparentemente errático, no sometida tanto como en el agua a rozamientos e interacciones entre ellas.

Estaba también el proceso de “sublimación”, por el que el agua hielo pasaba directamente a agua vapor, en determinadas condiciones de presión y temperatura. Y los fenómenos descritos se dan igualmente en sentido inverso.

Estos procesos se refieren a la “transformación”, ya que el agua solo cambia de forma, si bien sigue siendo agua. Pero existen otros procesos en los que el cambio es más profundo. Así, por ejemplo, en la “transmutación”, una cosa cambia en otra diferente y de mayor nivel de calidad, y en la “transustanciación” una cosa cambia en otra absolutamente diferente y de orden mucho más elevado.

Pero… ¿cómo podríamos traducir esto a la vida de un ser humano? ¿tenemos partes de diferente calidad, unas más “altas” y otras más “bajas”? ¿Podemos pasar de una a otra, elevándonos, es decir, trascendiendo, o transmutando, o transustanciando?

En este punto es preciso situarnos en qué tipo de lugar estamos establecidos como seres humanos dentro del panorama general, ya que, si miramos a nuestro alrededor, hasta donde la vista y la inteligencia nos alcanza, podemos ver seres vivos de muy diversas cualidades, algunos que por cercanía con nosotros, o por compartir cualidades, podemos entenderlos e incluso compararnos con ellos, y otros en cambio que escapan de nuestra comprensión, por estar su vida en un nivel que no compartimos ni entendemos.

Podemos entender en cierta forma a los seres del mundo mineral, ya que nuestro cuerpo físico está compuesto por minerales diversos ordenados de una manera milagrosa y perfecta, en un equilibrio impensable para cualquier físico, químico o matemático.

Podemos, igualmente, entender los procesos vitales y el ser del mundo vegetal, la hierba y los árboles, porque sentimos en nosotros que su vitalidad y la fuerza que los hace nacer, crecer y reproducirse son muy parecidas a las que nos impulsan en la vida a los mismos fines de conservación y perpetuación de las especies.

Los animales aún nos son más familiares. Con ellos compartimos la lucha por la vida y la supervivencia, dotados como ellos de medios muy parecidos con los que poder desenvolvernos en el medio natural.

En cambio otros seres nos resultan incomprensibles, por los que les consideramos exentos de vida, ya que no alcanzamos a comprender cómo puede existir alguna vida que no tenga, aparentemente al menos, las mismas leyes y fines que la nuestra. Así, un planeta, una estrella o una galaxia nos resultan incomprensibles, de la misma manera que está fuera de nuestra comprensión los seres invisibles de la naturaleza o de los espacios sutiles. No los vemos, y como no los vemos no los podemos entender, ni siquiera consideramos que pudieran existir. Lo que no vemos no existe, y ya está.

Todo este preámbulo, que aparentemente no tiene nada que ver con el propósito de este estudio, sí que tiene que ver, por una sencilla cuestión, que es la siguiente:

Cuándo hablamos de trascender, es decir, pasar a otra parte, ¿qué parte consideramos que hemos de dejar y a qué parte hemos de pasar? Esta es la pregunta a contestar, y quizá la respuesta a esta cuestión es absolutamente decisiva.

Para mí que una respuesta errónea a esta cuestión es el origen de metas falsas, equivocadas y que echan a perder muchas vidas de potenciales idealistas, porque hay muchas personas cándidas de buena voluntad cuyo propósito es trascender la naturaleza humana, tratando de pasar a lo que llaman vida “espiritual”, considerando ésta como una vida más allá y más elevada de la que vive aquél que llaman o entienden como “el hombre vulgar”.

Pero yo les preguntaría a estas personas: ¿has cumplido ya con el desarrollo total de lo que es tu naturaleza humana como para querer dejarla atrás y pasar a la vida de los dioses mentales? ¡Pero bueno! Si aún sigues viviendo atado a tu vida animal, cuando no a la vegetal, y, a veces, a la mineral ¿cómo pretendes vivir una vida más allá de la humana? ¿acaso sabes lo que eso implica? ¿acaso sabes siquiera en lo que consiste un ser humano completo?

Es evidente que resulta mucho más fácil buscar (?) una vida “espiritual” (?) que luchar día a día para superar nuestras naturalezas inferiores, es decir, lo que en nosotros es animal, vegetal o mineral. Superar estas naturalezas (que no significa eliminarlas sino trascenderlas) no es trabajo fácil, y tanto es así que el hombre, en cuanto hombre, lleva muchos evos intentándolo, más de nueve millones de años. ¿Y tú ya la has trascendido, como para ahora querer dedicarte a la vida “espiritual”, a la vida de los dioses? Evidentemente todo esto es pura tontería, y quien en ello se empeña está perdiendo su tiempo y sus energías en algo inútil para él y, además, para la humanidad.

Yo creo que la ocupación que nos toca hic et nunc, aquí y ahora, es trascender nuestra naturaleza animal, que engloba ya la vegetal y la mineral, y, dejando de ser animales, ir conquistando nuestra naturaleza propiamente humana.

¿Es que quizá alguien piensa que se ha desprendido de la esclavitud de sus instintos, de su agresividad, de su violencia, de su ansiedad por la posesión de bienes materiales, de su afán de comodidad? ¿alguien considera ya superada las dificultades de la convivencia diaria, las de su trabajo para los demás, sus problemas psicológicos? ¿alguien ha llegado a dominar su pereza, si indolencia, su indiferencia, su ira, su impaciencia, su lujuria, su vanidad, su orgullo, sus dependencias, como para que estas cosas no le condicionen su vida?

Cada quien que conteste en su interior estas preguntas. Y si hay alguien que crea que ya no le queda nada por superar en su etapa humana, que intente trascenderla y busque nuevos horizontes en el camino de los dioses.

Pero, me temo que no estamos en disposición ninguno de los seres humanos de creer esto. La razón por la que lo creo es simple: ya no estaríamos aquí. Estaríamos, como muy bien dice mi diccionario etimológico “en otro lugar, más elevado”.



martes, 10 de agosto de 2010

viernes, 6 de agosto de 2010

MAGOS NEGROS



Creo que tanto el feminismo con el machismo son estupideces del mismo tenor.
Creo que los alegatos sobre la esclavitud y denigración de la mujer no sirven para nada.
Creo que las velitas y las concentraciones en el lugar donde cayó el niño que se suicidó por soportar las humillaciones de sus compañeros no valen para nada.
Creo que las llamadas a la solidaridad, el respeto y la convivencia no sirven para nada.
Creo que los innumerables artículos y anuncios denunciando la "violencia de género" no sirven para nada.

En fin, y resumiendo, creo que las lamentaciones no sirven para nada.

Al toro hay que cogerlo por los cuernos, que viene a significar que las malas hierbas es preciso arrancarlas de raíz, y además cuando aún son pequeñas, como los baobads del Principito. Luego ya es tarde, porque habría que arrancar enormes árboles.

Y me preguntarás, ¿como se hace eso?
Pues como se hizo desde siempre. En primer lugar hay que impedir que el sembrador dañino siembre cizaña entre el trigo, porque al final, y como dice Jesús, será imposible separarlos y habrá que segar todo y quemarlo.

Y si, así y todo, la cizaña crece en el sembrado de trigo, hay que, pacientemente, y día a día, ir arrancándola antes de que crezca y se reproduzca, porque luego será tarde.
En nuestro mundo se ha sembrado tanta cizaña que la solución deberá, en su momento, ser drástica y dolorosa. No te quepa duda.

A los etarras no les importó nada las enormes manifestaciones por la liberación de Miguel Ángel Blanco, ni igualmente las miles de velitas que pusieron tras su muerte. Sabían que, como luego ocurrió, a cabo de unas semanas nadie se acordaría de ello.

A los desalmados que asesinaron anteayer a un joven inocente simplemente porque había tropezado sin intención alguna con ellos les importa una mierda los cientos de velitas que pusieron sus amigos en el lugar en que cruelmente fue asesinado. Y no les importó porque, aunque presumimos que esos descerebrados tienen alma y sensibilidad, en realidad no tienen ninguna de esas cosas. Sólo la maldad y la violencia anida en sus negros corazones.

Lejos de mí atribuirle a esos asesinos la responsabilidad. Si ello fuera así, estaría más tranquilo. Lo realmente aterrador del asunto es que esos desalmados son el producto derivado de la sociedad en que vivimos. Y la sociedad en que vivimos ha sido creada intencionadamente por un plantel de políticos legisladores que desconocen absolutamente la naturaleza humana. Y por lo tanto no deberían gobernar al pueblo. Y no deben hacerlo porque lo llevan directamente al precipicio.

No es otra cosa la que nos espera. Por muchas pulseritas que le pongan a los maltratadores, por muchas órdenes de alejamiento que les impongan a violadores, proxenetas, pedófilos y vendedores de drogas, por muchos artículos que aparezcan en los diarios o programas en la tele "denunciando" a esa mala gente todo seguirá igal.

Quien es merecedor de todas esas denuncias son los que con su nefasta dejadez de responsabilidad, sus terribles permisividades, su constante pregón de "democracia y libertad", los que permiten los sucios negocios de la violencia y la pornografía, los que promueven la lucha selvática por la vida, los que nos imponen sexo en lugar de amor, placer en lugar de esfuerzo honrado, los que valoran más la integridad física que la valentía y el honor, los que mandan a callar a los padres de hijos asesinados o de hombres torturados, los que entienden la libertad como el simple hecho de moverse físicamente, aunque por dentro se sea un esclavo, los que pregonan que el mayor valor en la vida es la riqueza, los que no saben ni dicen nada sobre la disciplina, el esfuerzo, el respeto a los demás, la inutilidad de la violencia, la ayuda al prójimo y cosas así...

Los que, como un expresidente, pregonaba que prefería morir acuchillado en el metro de Nueva York que vivir "sin libertad". Se supone que se refiere a la "libertad" de acuchillar a quien te venga en gana o a quien quieras para robar dos perras. A la libertad de los que matan ancianos indefensos para comprar un poco de droga con los que "elevar" su inexistente espíritu, a los que envenenan a los niños en la puerta de los colegios dándole droga gratis, a los que tienen todo el beneplácito para difundir (y así forrarse) las más denigrantes revistas, películas y series de televisión con que envenenar a la gente sencilla e indefensa, a los que toman como modelo y cuna de la libertad a cierto país, donde los niños pasan por un detector de metales a la puerta del colegio, no vaya a ser que a alguno se le ocurra entrar con una "kalasnikov" y mandar al otro barrio a los compañeros que le miran mal, o a los profesores, o a quienes les parezca. Donde los marginados por la fortuna (dinero) mueren en la calle, ante, no solo la indiferencia, sino la justificación de todos (mejor que se muera porque no sirve para vivir, es decir, para ganar dinero). Donde tienen su caldo de cultivo las más estupidizantes sectas del planeta, donde se adora como dioses a "maestros o gurús" bobalicones y babosos que no pregonan sino "paz y amor", "seamos todos hermanos, cantemos y adoremos a nuestro gurú" y bobadas por el estilo para gente que no tiene la menor idea de lo que es la paz, ni el amor, ni Dios, ni un Maestro.

Probablemente Jesús, que según dijo explícitamente, no vino a traer la paz sino la espada, barrería con su furioso látigo, como hizo en el Templo, a todo este ejército de majaderos y mercaderes.

Pero igualmente seguro es que, ante el temor de que la gente despertara de su cándido sueño, los magos negros de la caverna lo llevarían enseguida a un nuevo Gólgota. -No se puede perder el negocio por un gilipollas que ande diciéndole a la gente las verdades del barquero- se dirían.

Eso nos hace falta, gente valiente que sea capaz de denunciar, a voz en grito, a toda esa nefasta mafia que nos está llevando a pasos agigantados hacia un nuevo apocalipsis.




miércoles, 28 de julio de 2010

ENSEÑAD AL QUE NO SABE


Cuentan que un día un hombre viajó muchas leguas buscando una lejana y pequeña aldea donde vivía un sabio del que había oído hablar. Le aseguraron que era un hombre santo, y que siempre estaba dispuesto a enseñar al que a él acudía con ansias de encontrar la verdad y vivirla en su propia vida.

Este hombre anduvo muchos caminos, unos agradables y encantadores, otros tristes y ariscos. Cruzó ríos, vadeó arroyos, soportó tormentas y pasó hambre, sed y también miedo.

Preguntó a unos y a otros. Fue y volvió en ocasiones por el mismo camino, al fin equivocado. Sentía a veces que su afán era estúpido o que su meta no estaba a su alcance.

Muchas noches, cansado, hambriento y aterido, pensó en volverse sobre sus pasos, recordando su amable hogar, su amada y sus hermanos.

Pero, espantando sus fantasmas, siguió adelante. Tenía que encontrarlo.

Un día, en el que había recorrido mucho trecho, se sentó al borde del camino, desanimado y roto. Llevaba allí largo rato, cuando pasó una muchacha. Llevaba un cántaro de agua sobre su cadera. Al verla, le rogó le diera un poco de agua fresca. Y la joven, con una dulce sonrisa, le llenó un pequeño cuenco, y se lo ofreció.

- Hermosa doncella- le dijo, -¿no conoces a un hombre santo que enseña a los hombres a encontrar la verdad y la vida?. Vive en estos parajes, creo.

Con sencillo sonrojo virginal, la joven le contestó:
- Si, buen hombre, su cabaña está aquí cerca. Te llevaré hasta él.


.....
Marcharon por un bello sendero, de riberas floridas, en la blanca mañana de primavera. Aquél hombre sediento, cansado y seco miraba con mirada nueva los nuevos colores, las formas frescas, los tonos vivos. En el cielo, en las laderas, en las nubes viajeras.

En sus viejas ramas casi yertas retoñaron diminutos brotes, ínfimos y olvidados brotes, pero de vida verde, de vida nueva, de telúrica fuerza naciente.

Miraba a su pequeña guía. Hasta él llegaban en brazos de la brisa los tiernos efluvios de su cuerpo de flor escondida. Un aliento vigoroso y delicado movió sus entrañas, movieron su savia hasta entonces inerte, fundió su terrible hielo, y pequeños hilos primero, luego arroyos sonoros, al fin torrentes viriles rompían sus tierras, abrían sus surcos, entraban en su sangre y en sus huesos.

Un manto tierno cubrió sus ojos, encendió sus oídos, alimentó los perfumes dorados.
Contemplaba a su bella gacela, trepar piedras, saltar levemente los arroyos, dibujarse contra el azul, ondulando, como las olas, como mueve el viento a los trigos, como dibuja la brisa en las arenas.

Y bendijo al cielo. Y bendijo la creación. Y perdonó su vida y sus pasos.

Por fin, tras un recodo, la doncella se detuvo y señaló con su mano limpia.
Era la cabaña del hombre santo.

Durante unos minutos, inmóvil, entre asombrado y satisfecho, el hombre recorrió con su mirada aquél lugar, ya para él sagrado. Miró la humilde cabaña, construida según le parecía por el mismo sabio, los enormes árboles que la rodeaban, el huerto verde con sus frutos turgentes, las montañas que le hacían de fondo, y la estela de humo que se abría de la chimenea al espacio limpio del cielo.

Algo llamó su atención sobre su cabeza, contra el azul. Un águila de grandes alas abría en el espacio el silencio profundo.

La pastora le interrogó con sus ojos dulces. La miró largo rato, ensimismado, y, saliendo bruscamente de sí, comenzó a marchar.

Al llegar a la puerta, que estaba abierta, pensó por un momento cómo sería aquel hombre, que aspecto tendría, si sería joven o viejo. Recordaba las fotos de hombres sabios que a lo largo de su vida había visto siempre con intriga y veneración. ¿Sería como había imaginado, anciano, de cabellos largos y cenicientos, de ojos claros y luminosos, estaría su cuerpo todo envuelto en un halo de serenidad, misterio y bondad?

Tocó con sus nudillos y esperó.
Pasa, puedes pasar, esta es tu casa también... –escuchó-

Entró tímidamente, con cierto temor extraño, con un respeto reverencial, con miedo íntimo a ese primer encuentro.

-Buenos días hombre sabio, Dios bendiga su existencia, porque acudo a usted a pedirle que me otorgue su bendición y tenga la misericordia de alimentarme aunque solo sean con las migajas que cayeren de la mesa de su sabiduría. Serán para mí suficientes.

-Bienvenido, hombre viajero. Siéntate junto a mí y descansa de tu largo camino. Te prepararé algo de comida y si es de tu agrado podrás beber un vaso de vino. Mi casa es humilde como ves, y mis alimentos son igualmente sencillos, pero te ofrezco lo que tengo, y creo que, tras tu viaje, aprovecharán a tu cuerpo ya dolido y castigado.

Me has llamado sabio, y no lo soy. Es poco lo que podría hablarte de las cosas de la tierra y del cielo. Y también poco de las cosas que conciernen al hombre. Puedo ofrecerte, si así te conviene, mi casa y mi compañía. No otra cosa. Puedes quedarte el tiempo que desees. Y también puedes marcharte cuando así lo consideres oportuno.

-¿Puedo entrar, padre?- se oyó en el dintel de la puerta-
-Sí, sí, hija, pasa y siéntate con nosotros. Ya conoces al hombre viajero. Te ruego que le atiendas en lo que necesite. Nuestra casa es ahora también la suya y estará con nosotros hasta que sus ángeles lo decidan.
-Haré lo que es tu deseo, padre-

Dulcemente se sentó a sus pies, apoyando tiernamente su cabeza en el regazo del anciano, que acarició sus cabellos con dulzura.

El silencio profundo de la pequeña estancia se inundó con una atmósfera de pétalos y de plumas tan livianas que el alma del viajero se vació como en un milagro y un torrente de aire fresco y limpio recorrió toda su vida, la que fue, la que era y la que sería. Quedó prendido en un instante sin tiempo, sin transcurso, sin pasado y sin futuro. Perdió la conciencia de quién era, de donde había venido, a donde había llegado y qué había estado buscando hasta ese momento. Olvidó su nombre y su cara y solo supo que su alma estaba en el aire de aquella casa. Su casa.