domingo, 25 de septiembre de 2016

REFLEXIONES SOBRE EL ARTE Y LA BELLEZA



Querido amigo, te vuelvo a repetir mi agradecimiento por interesarte por la cuestión que plantea Kafka a su amigo. A mi me ha llovido del cielo lo que venía tomando conciencia desde hace muchos años. Y en esa carta he visto la confirmación mis pensamientos sobre ello, solo que siempre me lo planteaba con la literatura, es decir, los libros en general, pero tú me has preguntado sobre si lo mismo ocurre en la música. Y yo he tratado de ampliar y buscar la respuesta de si ocurre igual en cualquier clase de arte. 

REFLEXIONES SOBRE EL ARTE Y LA BELLEZA

Como te he dicho, he escuchado ese movimiento, la coral de la novena de Beethoven hace unos minutos. Tengo aún los ojos llorosos y erizados los pelos de brazos y piernas. La belleza me ha trastornado el alma, me ha alterado, el escucharla me ha separado de todo lo vulgar circundante, me ha hecho ansiar lo más elevado del hombre, lo sagrado, lo que instintivamente ansiamos todos, aunque a veces no tengamos conciencia de ello. Me ha subido el alma a lo alto.

Cuentan, yo no se si será cierto, que R. Wagner quiso ir a escuchar la nueva sinfonía de Beethoven, que no conocía. Se puso de acuerdo con un amigo para hacer el largo viaje, en aquellos tiempos supongo de 4 ó 5 días de duros caminos en un carruaje nada cómodo. Nosotros hoy día cogeríamos un avión hasta esa ciudad y un taxi nos llevaría al hotel y otro a la sala de conciertos…

Así que asistieron al concierto con grandes ansias de escuchar el último trabajo del maestro que, por demás, estaba ya sordo hacía tiempo.

Pues se cuenta de que Wagner estuvo petrificado en su asiento hasta el final, en cuyo momento, mientras todos aplaudían a rabiar, Richard se había desplomado sobre sí mismo y estaba en el suelo. Cuando su amigo se percató, pidió auxilio, y un carruaje les llevó a la fonda. Y se cuenta que estuvo tres días casi sin conocimiento, con fiebre, aturdido y espantado.

Te cuento esta anécdota, que no se si es cierta o no, otros cuentan que no era la 9na., sino Fidelio, pero es igual, lo cierto y eso si lo creo, es que Wagner recibió un choque enorme, de resultas del cual su alma casi se separa de su cuerpo. Supongo que ese momento nunca lo olvidaría en su vida. También se cuenta de que Wagner, que ya era dramaturgo, decidió también entonces ser músico y quizá ese día nacieron las óperas del maestro.

Como ves, esta historia, al menos para mi, viene a confirmar lo dicho por Kafka. Pero con esto no está todo dicho, ni mucho menos. Quedan muchas consideraciones por hacer.

En primer lugar, debemos considerar porqué tan solo se desmayó Wagner y nadie más del teatro, ni siquiera su amigo. Todos escucharon lo mismo, todos tenían disponible el sentido del oído… ¡Ah!, pero… con esto entramos en la primera consideración. Nadie, excepto Richard habían recibido la fuerza, la belleza, la pasión, los mensajes, en su corazón con tanta intensidad y realidad. Se lo había bebido de golpe, lo había dejado entrar libremente, en esos momentos no existía nada excepto la música.

Decía el poeta Amado Nervo en una de sus poemas: “Todo es cuestión de recipiente”. ¿A qué se refería Nervo? Pues es fácil de entender si ponemos un ejemplo. Tenemos un enorme bol de sopa e invitamos a varias personas a tomarla con nosotros, debiendo traer cada uno su cubierto, es decir una cuchara. Uno llegó con una cucharilla de café, otro con una de sopa, otro con un cucharón, otro con un cazo enorme.

El que invitaba puso la condición de que cada uno tomara el mismo número de cucharadas.

¿Quién tomó más sopa? No hace falta responder, está claro.

La belleza en el Universo es infinita. La Naturaleza participa de ella. El hombre también, y es capaz, en mayor o menor medida, de captar esa belleza. Está ahí, a disposición de todos, está ahí y es infinita, vamos, tomad de ella la que queráis… pero cada uno la tomará con su “recipiente”. No es nada injusto, a todos se le ofrece la infinitud de la belleza, pero no todos pueden captar la misma cantidad  de ella.

He oído de personas que se desmayan en un museo tras contemplar largo rato un cuadro. Me lo creo. A lo mejor lo miramos nosotros y decimos: “Es bonito”, simplemente. También he tenido noticia de un síndrome consistente en un elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, temblor, palpitaciones, depresiones e incluso alucinaciones y síntomas por el estilo al que se le ha puesto un nombre y este es el “Síndrome de Florencia”, que lo sufren los turistas que por primera vez acuden a visitar Florencia, y me imagino que se produce por no tener capacidad para captar tanta belleza de un golpe. Sucede generalmente a los asiáticos, y creo que a aquellos que tienen la sensibilidad muy elevada a la belleza.

Yo cantaba en la coral de la Universidad, pero desgraciadamente al año me echaron. Preparamos en ese tiempo el Stabat Mater de papá Haydn. Una maravilla. Nunca lo olvidaré. Lo cantamos en la Catedral, con orquesta y los cuatro solistas. Recuerdo que los tres o cuatro primeros compases no pude cantarlos, porque se me hizo un nudo en la garganta y mis ojos lloraban. Hice un inmenso esfuerzo y me reanimé, porque además la obra empieza con la participación de los bajos y tenía que cantar. Me pasó luego en varias ocasiones con otras obras más cortas pero de igual emotividad.

Hablando en general de arte, y no solo de música, todos los hombres estamos dotados de sentidos, de vista, oído, olfato, gusto y tacto. Los que más son conductores del arte al alma humana son los dos primeros citados. Pues bien, hagámonos algunas preguntas:

Si todos tenemos el sentido de la vista ¿no “vemos” todos las mismas cosas?
Si todos tenemos el sentido del oído ¿no “oímos” todos los mismos sonidos?
Si todos sabemos leer ¿no “leemos” en un libro las mismas palabras?

A las preguntas planteadas no podremos responder sino: Sí.

Pero, contrariando el mito de la igualdad, entenderemos que el alma de cada ser humano digiere y valora la información de los sentidos de diferente manera. Por eso nuestro cuerpo no es la comida que comemos, sino dicha comida una vez digerida, lo que implica que hemos tomado elementos que nos interesan y hemos desechado otros que no.
¿O no es así? ¿No son los sentidos los emisores de impresiones que deben digerir nuestro cerebro y nuestra alma? Aprovechamos todos lo mismo ¿o no? Evidentemente, no. Por eso, si obligamos a toda clase de gentes elegidas de forma aleatoria hasta llenar un teatro, donde escucharían, por un decir… el Requiem de Mozart… ¿no crees que cada uno de los oyentes le habrá afectado la música de forma muy diferente? Desde luego habrá quien se las dé de entendido y, aunque no le ha captado su enorme belleza, dirá que es fantástica, y alguien más franco que dirá que se ha aburrido como una ostra, y algunos les ha llegado al alma y lo habrá marcado para siempre… Creo que está muy claro, aunque seguro que alguien me tache de elitista. Pero por eso no deja de estar claro.

Hablando ya, no de música, sino de libros, te diré que siempre me hizo mucha gracia lo que oímos a veces decir sobre la sabiduría, a saber:
-“Lo que el Vaticano debería de hacer es abrir al público sus enormes bibliotecas, así todos sabríamos muchas cosas que ignoramos. Eso sería lo democrático”. 

-Pero vamos a ver, mentecato, si me has dicho hace un momento que solo lees El Marca, y además, piensa un poco, vamos a ver ¿tú dominas el latín, o el griego, el demótico, el alemán medieval o alguna lengua que no sea la tuya, que además la hablas desastrosamente?

-Pues que me lo traduzcan… tengo derecho a eso para poder leerlo.

-Pero aún así no entenderás nada de lo que dice porque ¿qué crees, que contar cómo marcó el gol Er Pichi es lo mismo que dicen esos libros que echas de menos? Mira, empieza por leer los Diálogos de Platón, que por cierto, y casi milagrosamente, llegaron hasta nosotros y están traducidos al español y lo puedes comprar en cualquier librería.

-Pues si no los entiendo que me lo expliquen lo que quieren decir.

-No lo entenderías, cacho burro…! ¿Qué piensas, que comprender lo que dice un libro basta saber que la p con la a es pa y pa y pa es papá?

-Pues estoy harto de oír eso de “Todo está en los libros”…

-Verás, no te han mentido, solo que no basta con saber leer para entender lo que dicen y asimilarlo, sino además cierta formación, vivencias de su alma y sensibilidad. Si quieres te presto uno y te lo lees, y luego me cuentas de qué iba y del propósito del autor al verse impelido a escribirlo. ¿Quieres?

- Venga, déjame en paz, que hoy todavía no he terminado de leer El Marca.

¿Eres elitista? Me preguntará alguno. Y yo le diré, mira yo he leído libros famosos en los que no me he enterado de nada, el primero que me viene a la mente es “La cena delle cenere”, escrito por Giordano Bruno, traducido al español, claro…

¿Cuántos libros están a nuestra disposición en cualquier editorial en todos los idiomas? ¿Miles, millones…? Tenemos en esto una gran ventaja, podemos leer lo que queramos. Pero he aquí el problema. ¿Cuáles son los libros que nos formarán como mejores personas, aquellos que, como decía Kafka a su amigo sea como “el hacha que quiebre el mar helado dentro de nosotros”.

De los millones de libros a nuestro alcance ¿cuáles son esos que cita Kafka?

Hay un libro, una novela, que ha sido y es para mí algo como un referente. Se trata de “El conde de Montecristo”. Si lo habéis leído, cosa que si no lo habéis hecho os lo recomiendo, recordaréis cómo el Abate Faria, tomado por loco en la prisión, instruye a Edmundo Dantés en toda la sabiduría a su alcance, que era mucha y versaba sobre todos los campos del saber. En cierta ocasión le dijo que todo el saber se contenía en solo cincuenta libros. Pero ¿cuáles? No lo dijo, ni lo sabemos, pero cito este pasaje del libro porque, de ser así, sobrarían muchos millones de los editados. Por supuesto, también hay que tener en cuenta el “recipiente”, como decía Nervo, del abate.

















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